La asombrosa historia de Manu. El niño que tenía miedo a bajar las escaleras y vivía en una casa con tres plantas

Solía bajar las escaleras dando dos pasos en cada escalón, asegurando primero el pie derecho en el peldaño mientras se agarraba con fuerza a la barandilla, reuniendo valor para lanzar la otra pierna. Era un martirio diario. Su casa, la de sus papás, tenía tres plantas, y los dormitorios estaban en la tercera. De modo que cada mañana se demoraba todo lo posible en el baño de arriba, lavándose la carita y los dientes, y vistiendo el uniforme que lo igualaba en el cole a los demás niños, aunque él era más flaquito y todo le quedaba como holgado. Luego, ya aseado y uniformado, Manu esperaba sentado en la cama hasta que escuchaba desde la segunda planta el grito desesperado de su mamá preguntándole Manu, aún no estás. Y él decía muy bajito sí, ya bajo, y ella no lo escuchaba, pero aún así le respondía venga que vas a perder el autobús y te voy a tener que llevar yo otra vez.

Entonces Manu se enfrentaba a las escaleras, concentrado en cada peldaño, sudando horrores y arruinando la ducha nocturna y el lavado de cara matutino. Siempre llegaba al autobús oliendo a sudor por el tremendo esfuerzo de las escaleras y los compañeros se reían; no todos, sólo los de olfato más fino, porque el conductor fumaba su puro eterno y camuflaba el olor a sudor de Manu, que se lo agradecía a diario con una mirada de ojotes enormes.

Mamá se pasaba de cuando en cuando por el rellano de la escalera y veía a su hijo bajar lentísimo y agobiado, y se impacientaba aún más, Manu, que no llegas, baja de una vez. Y él respondía ya voy, ya voy, muy bajito para no perder la concentración mientras evadía la muerte.

Por fin descoronaba la planta alta, y en la segunda respiraba porque mamá le brindaba unos minutitos de paz antes de enfrentarse al siguiente tramo de escaleras. En la segunda planta, en la cocina, sentado en una banquetita blanca y frente a un mostrador de granito, Manu desayunaba. No le gustaba comer tan temprano, y apenas tomaba una taza de leche con Cola Cao calentito en invierno y fresquito en verano. Pero se la bebía despacito, para no quemarse si estaba caliente y, de camino, para hacer un poco más de tiempo, para reunir valor para el segundo descenso. Pedrito, su compi de asiento que nunca le decía hueles a sudor, cebolla, vivía en un sexto piso, en un edificio enorme a menos de un kilómetro de la casa de Manu, pero él bajaba por el ascensor. ¡Qué envidia! Bajar cada día por el ascensor, evitar las escaleras, seis pisos de escaleras abreviadas en unos segundos de quietud. Ojalá él viviera donde Pedrito, y además serían vecinos y harían los deberes juntos, y cada día bajarían a la vez por el ascensor… Eso sí, tendría que rezar por que no se averiase nunca; ¿cómo iba a bajar seis plantas? Llegaría abajo hecho una sopa de cebolla.

―Ya, mami —le dijo Manu, alargándole la taza vacía y con un lindo mostacho de cacao sobre los labios.

Mamá le limpió la bocota con una servilleta de papel y de una palmadita en el culo lo mandó a la escalera mientras le preguntaba si tenía la mochila preparada. Y, sí, la tenía preparada, la había preparado anoche, después de hacer los deberes y antes de ducharse con agüita caliente y con la radio minicadena que le había regalado papá. En ella escuchaba la cinta de El rey león y cantaba con Pumba y con Timón y con Simba. La de Scar se la saltaba porque era malo y le daba mucho miedo. Aunque peor que escuchar a Scar —que significaba cicatriz; se lo había dicho la profe de inglés— era cuando se terminaba la cara A y él aún estaba en la ducha y no podía darle la vuelta a la cinta. El baño quedaba en silencio mientras él recordaba la primera canción de la cara B, deseando que sonara y sintiendo aún más sepulcral el silencio del baño.

El segundo tramo de escaleras era tan largo como el primero, pero, al menos, tras el primer recodo, se veía la planta baja y, sobre todo, la puerta principal, por la que se salía a la calle. Una vez bajase este tramo, ya no habría más escaleras hasta la tarde, porque su clase estaba en la planta baja del pabellón de pequeños del cole, y, bueno, sí, el autobús tenía escaleras, pero sólo eran tres, y Pedrito le ayudaba siempre a bajarlas pasando él primero y diciéndole no te preocupes, que si te tropiezas, te cojo. Pedrito siempre esperaba con él a que hubieran salido los demás niños para que Manu pudiera bajar sin presiones ni empujones. Charlaban mientras tanto. Sobre todo hablaba Pedrito. En Navidades, su padre le había comprado la Nintendo y le gustaba tanto tanto que no podía parar de contarle a Manu lo de Mario, sobre todo cuando coge la planta y lanza fiu fiu bolas de fuego y mata a todos los malos. Porque la estrella también estaba bien, pero no duraba tanto como la planta de fuego, que no se quitaba hasta que te tocaba un monstruo, sino que tenía un tiempo y la música se iba acelerando cada vez más y más hasta que se agotaba el poder de la estrella, y a veces ni la cogía porque no le merecía la pena el agobio.

La mochila estaba en su mesita de estudio, bien ordenada y cerrada, con todos los deberes requetehechos y pasados a limpio. Llegaba del cole por las tardes y se sentaba en su mesita a estudiar, y no se levantaba ni a hacer pipí hasta que no terminaba toda la tarea. Además, él nunca subía una planta en balde, porque ¿y si luego la tenía que bajar? Qué horror. No, no, él hacía todo lo que tenía que hacer en la planta de abajo, la tarea, y luego subía a la segunda planta para ver un poquito de tele entre que papá llegaba de trabajar y la tata ponía la cena. Cenaban todos juntos, y papá le preguntaba por el cole a Manu, y mamá le preguntaba a papá por el trabajo, y Manu preguntaba a mamá si podría ir el viernes después del cole a casa de Pedrito a jugar con la Nintendo, pero ya sabía que no podía, porque los viernes por la tarde Manu tenía tenis en el club. «Ya irás el sábado», le decía papá, pero papá no sabía que los sábados Pedrito y su familia se iban al campo y no volvían hasta el domingo por la tarde, después de misa de siete en el pueblo, donde las señoras cantaban muy fuerte y se sabían todas las canciones, no como su mamá, que le decía a él canta, canta, pero ella no cantaba. A veces le daban ganas de responderle canta tú. Pero no, porque contestar a los mayores era una falta de respeto, y estaba bien feo faltar el respeto a mamá.

Manu nunca podía jugar a la Nintendo con Pedrito, aunque casi se conocía todos los juegos de palabra. Se los imaginaba, como se imaginaba a los protagonistas de los libros, no de todos, porque muchos de ellos tenían dibujos y ya no tenía que imaginar cómo eran. Pero una vez había leído uno sin un solo dibujo, y luego se había sentido muy orgulloso porque seguro que era de mayores y él lo había terminado. Fue por un trabajo que mandó la profe de lengua. Tenían que leer un libro e ir buscando en el diccionario las palabras que no comprendiesen, anotarlas bien limpias en folios en blanco y entregárselos a ella. La misma tarde en que la seño mandó la tarea, Manu fue a la biblioteca. Había una cerca de su casa, y Manu sacaba libros casi todas las semanas. Siempre iba con mamá, y ella se impacientaba mientras él hojeaba tebeos de Luky Luke y de Garfield y libros de El pequeño Nicolás. Al final mamá le decía venga, cariño, se hace supersupertarde, y él elegía rapidísimo entre todos los libros que había ido apartando en la banquetita. Aquel día Manu sacó uno de mayores, pensando que tendría un montón de palabras para buscar en el diccionario. Lo leyó con un lápiz en la mano, subrayando todas las palabras que no conocía y deteniéndose en buscarlas y apuntar sus significados en un cuaderno. Cuando terminó, pasó todo el trabajo a limpio en folios en blanco, cuidándose mucho de escribir recto. Por último fue con mamá a la papelería y allí encuadernó su trabajo, de forma que parecía un libro. Henchido de ilusión le llevó el trabajo a la profe y ésta lo calificó con un nueve con noventa y cinco, la segunda nota más alta de la clase.  La primera la obtuvo Márquez, que siempre sacaba dieces porque tenía gafas y porque su padre era notario. Cada vez que le decía a mamá que Márquez había sacado un diez, ella le contestaba que claro, que su padre era notario y tenía al niño como una vela. El papá de Manu era médico, y a veces deseaba que fuera también notario para sacar dieces en vez de nueves con noventa y cinco. Aunque lo peor era que tu papá tuviera un campo de naranjas y melocotones, como el de Pedrito. Entonces sí que estabas chafado, y no ibas a pasar nunca del seis.

Esta vez Pedrito tuvo suerte y pasó del cinco, pero sólo porque la profe era buenísima y le daba pena catear a los niños. Pedrito había elegido un libro tan de bebé que su trabajo apenas ocupaba un folio. No tenía tiempo de leer con tanto Mario.

Antes de echarse a la espalda la mochilita ordenadísima y llena de tareas terminadas y limpias, Manu se colocó el chaquetón, un barbour verde que olía rarísimo y que no servía de mucho porque en Sevilla casi nunca llovía, y para qué tanta grasa de caballo si no va a llover. Bueno, al menos le disimulaba el olor a sopa de cebolla, así que Manu se lo ponía con una mezcla de amor y odio, como se ponía los zapatos esos horribles que le hacían parecer tonto pero que le quitaban todito el frío de los pies. Lo que sí odiaba eran los pantalones cortos. No entendía por qué tenía que llevarlos todo el año, por qué tenía que llevar los pies calentitos y las rodillas frías y escuálidas, a la vista de todos, para que se le quedaran mirando y se preguntaran cómo podía andar con unas piernecitas tan finas, y él miraba para abajo, y para sus adentros les respondía pues con estas piernecitas bajo todos los días sesenta y cuatro escalones, y levantaba la cabecita cuando escuchaba el autobús, y ya le daban igual sus piernecitas y los escalones, porque a través del cristal lo saludaba Pedrito deseoso de contarle lo de Mario.

Felipe Santa-Cruz

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