Rutina D (fin de semana)

Un señor se levanta a las once, tranquilo. Se sienta en la cama. Coge 1984 de George Orwell. Lee cinco páginas. Suelta el libro. Desayuna fruta (qué aburrido). Se viste, se desviste y se vuelve a vestir. Enciende la tele; ve el tiempo: no llueve. Se asoma a la ventana; ve el cielo: no llueve. Sale a la calle: llueve… O no. La vecina (o su perchero) riega con desacierto las plantas que no existen en su balcón.

Camina cuarenta y cuatro minutos. Se para. Da media vuelta. Camina cuarenta y cuatro minutos y se vuelve a parar. Compra el periódico. Lo dobla por la mitad y lo sujeta entre el costado y el brazo. Toma el autobús circular. Se sienta, abre el periódico y lo lee hasta que se baja en la misma parada en la que subió.

Va al bar. Deja el periódico en la barra a modo de regalo. Toma un vino, luego nada, luego un vino. No está Flufi, claro (pobre Pedro). Paga su cuenta con el dinero de su bolsillo.

Camina a casa. Sube las escaleras, las baja y las vuelve a subir. Abre la nevera. Coge queso y jamón. Abre la despensa. Coge dos rebanadas de pan de molde. Coloca una loncha de jamón encima de una de las rebanadas. Coloca dos trozos de queso encima de la loncha de jamón. Cierra la nevera. Cierra la despensa. Cierra el sándwich. Lo mira y lo bautiza en voz alta: sándwich mixto. Come. Recoge su plato. Toma un vino, luego nada, luego un vino.

Va al salón. Se tumba en el sofá. Una siesta, dos siestas. Suficiente. Se despierta, se duerme y se vuelve a despertar.

Sale a la calle. Camina por el Paseo Colón. Se yergue y pasa junto a Fermín; le da un siete. Ha subido un punto (qué contento).

Va al bar. Toma un vino, luego nada, luego un vino. No está Fluli, claro (pobre Pedro). Está Fulano, el poeta, el Apolo, el Vulcano, agachado tras un taburete, aguardando a que pase la Inspiración para atizarle con su escondite. Y «no, no, no haga usted eso, hombre, que la pobre ya está medio ida, y déjela, déjela». «No, no. Yo quiero que me diga, que me diga y yo decirlo luego». Paga la cuenta de su bolsillo.

Sale del bar. Camina. Se cruza con la Inspiración, que va del brazo de un señor mayor que despotrica contra la naturaleza y contra una paloma torcaz y contra un hurón y contra una rana y contra su señora y vecinos. Los para y la avisa del peligro.

Vuelve a casa. Sube las escaleras, las baja y las vuelve a subir. Entra en su piso, cena una lata de atún y otra copa de vino. Se mete en la cama, lee diez páginas de 1984 de George Orwell, lo deposita en la mesita de noche, bien lejos del despertador, y se va quedando dormido mientras cavila y repasa la rutina D, que ha de llevar a cabo al día siguiente. Se duerme, se despierta y se vuelve a dormir.

De Felipe Santa-Cruz

Relato extraído del libro Rutinas

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