Autorrelato

Se despertó y buscó el móvil a tientas en la mesita de noche. «Las doce y pico. Me acosté a las ocho y algo; cuatro horas. Una más que ayer. Dos mensajes. A ver… Nada de lo que espero. ¿Qué espero? Ah sí, aquello. Qué estupidez».

Se levantó y caminó hacia el baño. «¡Qué angustia! ¿Qué será? Como si no lo supiera. Vaya cara…

»Estoy demacrado… ¿Y la cabeza? No, la cabeza está bien; no duele tanto la resaca como dicen. Y ahora a esperar que suceda lo que espero. Si sucede, que puede que no. Odio exspectar. Culpa tuya. Si no la hubieras llamado, no estarías esperando respuesta. ¿Por qué lo hice? ¡Qué imbécil! Deberías salir sin móvil… Y sin cartera; ¡qué despilfarro! ¿Me quedará algo?».

Bajó a la cocina. Había café preparado, frío. «No me importa. Yo lo tomo frío. A ver, la leche…». Abrió la nevera y se volvió a la encimera con algo en la mano. «¿La jarra de agua? ¿Yo qué quería? La leche».

Se tomó el café, se vistió y bajó. «El bolsillo derecho está roto; todo al izquierdo. Cuatro euros; no está mal».

Salió a la calle y caminó. «¿Qué hago? ¿Paseo o voy al bar? Paseo hacia el bar y, cuando me acerque, ya veo. Qué lento camino; estoy roto. ¡Qué angustia! ¿Por qué? Ah sí, lo de antes, y algo más…

»Cuatro hiperchinos en veinte metros».

Subió hasta San Eloy y la recorrió hasta Campana. «¿Tetuán o Sierpes? Tetuán. Qué de gente hay siempre en Tetuán; me entretiene mirarla. ¿Seré el entretenimiento yo de alguien? Seguro. Hace un rato volvía yo a casa por aquí, pero entonces no había nadie; Carlitos y yo. Buena noche fue. ¿Y cuál no? Las noches no son el problema. Son el problema cuando estoy en casa y no puedo dormir. En la calle la noche está bien.

»La noche de ayer, ¿cómo empezó? No lo recuer… Sí, sí lo recuerdo. Empezó a las cinco de la tarde…, y hasta las ocho de la mañana. Para que digan que en verano se acortan las noches.

»Calcetines blancos con chanclas, en verano, y en Sevilla. Y rojo como una gamba. Estos guiris… ¡Mira, un señor le ha lanzado una aceituna!, je, je. Hay gente para to… ¡Ahora le tira la colilla! Vaya, qué rabia, no le ha dado.

»¿Adónde iba yo? Ah, es verdad, no lo sé. A ver… Mejor paseo que bar. Constitución, y luego veo hasta dónde camino. ¿El paseo de siempre? Venga sí, el de siempre, que hoy también es siempre.

»¡Qué angustia! Qué importa…».

Siguió caminando.

«Pasear es barato. Sólo faltaba.

»¡Anda, María! Va guapa. ¿La saludo? Da igual. Si tuviera ganas de hablar no habría decidido pasear. Espero que pase. No me ve. Perfecto. Está guapa.

»Qué angustia. Anoche (bueno, esta mañana) me acosté tranquilo. Odio despertar. ¿De qué me sirve dormir si luego voy a despertar a lo que quería dormido? ¡Qué jarro de agua fría cada mañana!

»Pienso en ella; la recuerdo. ¿Qué hice anoche? Imbécil», murmuró. «Nada, nada», le dijo a un señor.  «No le decía a usted; pensaba en voz alta».

Miró el móvil. «Nada».

«Me tengo que cuidar… No sé; tampoco estoy mejor cuando me cuido».  Farfulló. «Sería divertido que existiera el verbo farfollar. Diría: “farfolló, y luego siguió andando”. ¿Qué significaría? Si un farfolla es… es un artista sin talento o un sabio sin sabiduría, farfollar sería su delito.

»Hoy tengo algo que hacer. No lo recuerdo.

»Je, je. Farfolló, ¡qué tontería!

Se percató de que llevaba un buen rato narrando su día en tercera persona. «¿Y si fuera yo un personaje mío? Así sólo me ocurriría lo que yo quisiera. ¿Qué me ocurriría?». Se paró a pensar. «¡Qué horror!». Y se alejó agradecido de no estar en sus propias manos y dejando al punto de relatar.

Felipe Santa-Cruz

Relato extraído del libro Rutinas

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