Rutina C. Reflexión sobre la C

Nota: antes de leer este relato, asegúrate de haber leído primero la Rutina A y, luego, la Rutina B.

Un señor se despierta, coge el despertador, lo mira: son las siete y ochenta y cuatro minutos; recapacita; no le salen las cuentas, las horas no suelen tener más de sesenta minutos en este trocito de mundo. Abre los ojos, los cierra y los vuelve a abrir. Mira de nuevo el despertador en su mano, pero no es sino 1984 de George Orwell. Entiende su equivocación. Mira la hora de verdad (qué frase más tonta); es corriente y temprana. Se levanta, desayuna fruta (qué aburrido), se viste, se desviste y se vuelve a vestir.

Sale a la calle, va al banco, saca todo su dinero y lo vende en la plaza cobrando ochenta y cinco céntimos por cada euro. Toma sus ganancias, o sus perdencias, según se mire, y va al cementerio. Allí trabajan, haciendo de cadáveres metidos en tumbas, su padre, y su madre, y su abuelo, y su abuela. Los saluda a sabiendas de que no le van a contestar porque están trabajando y no pueden hablar, y se apena y se indigna por las duras condiciones laborales que sufren sus seres queridos, por mucho que entienda que tengan que conformarse porque es muy difícil encontrar un trabajo decente para los muertos cuando no eres el suegro de Don Juan Tenorio.

Sale del cementerio. Camina.

Va al bar. Come algo. Toma un vino, luego nada, luego un vino. No está Flufi; pregunta por él, por Pedro (pobre Flufi). Le dicen que ha muerto esa mañana en su calle al despertarse Sócrates rodeado de amigos y jóvenes ávidos de conocimiento, justo el día de su ejecución-suicidio (qué puntería). Hace dos excepciones en su rutina: primero toma un vino en su memoria, luego nada, luego un vino en la de Flufi; luego se pone triste, luego alegre, luego triste. Paga con las monedas de su bolsillo su cuenta (Flufi no ha comprado la cicuta en el bar).

Camina.

Por la tarde acude de nuevo a la joyería para seguir robando todo lo que su buen amigo —y en el fondo jefe—, el viejito señor joyero, no puede vender.

A las nueve y media termina su jornada. Ayuda al señor mayor a cerrar la joyería, lo acompaña a casa paseando y se despiden animosamente hasta mañana por la tarde.

Vuelve a casa. Sube las escaleras, las baja y las vuelve a subir. Entra en su piso, cena una lata de atún y otra copa de vino. Se mete en la cama, lee diez páginas de 1984 de George Orwell, lo deposita en la mesita de noche, apoyado contra el despertador e introduce una nueva excepción en su rutina: piensa en Flufi, luego no somos nadie, luego Flufi. Vuelve a lo suyo y se va quedando dormido mientras cavila y repasa la rutina A, que ha de llevar a cabo al día siguiente. Se duerme, se despierta y se vuelve a dormir.

Felipe Santa-Cruz

Relato extraído del libro Rutinas

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