Lecciones de odio profesional

Cuando una persona, animal o cosa comienza su discurso[1] profiriendo : «yo no soy nada negativo, pero si hay algo que odio es que…», tarda uno muy poco en darse cuenta de que su interlocutor odia mucho más de lo que a priori hace suponer; probablemente odia el cincuenta por ciento de cada persona, concepto, animal y cosa (y sólo porque odiar el cien por cien de algo se considera un acto sumamente intolerante y grosero). Yo adoro, por el contrario, a las personas, animales y cosas que saben odiar como es debido, como Caín odió a Abel, o el lobo feroz a dos de los tres cerditos (que el tercero nunca estuvo allí, y se vio involucrado en el cuento por imposición editorial).

Para los odiadores profesionales y serios (entre los cuales me incluyo) existe una serie de normas a seguir, ya que, de no ser así, se acaba convirtiendo uno en un imbécil, o en un loco, o en un loco imbécil, que ya es lo peor de lo peor de lo peor de lo peor, y así hasta el infinito o hasta que tropiece y se caiga de boca y no pueda hablar con ésta llena de dientes con complejo de bolitas de bingo girando y encantadas en su bombo.

Veamos las normas, para que ustedes ya sepan odiar.

Primerísima y fundamental norma: Cuando se odia algo (lo que fuere), se ha de odiar en su totalidad. Nada de esto en concreto lo odio, pero aquello me encanta, y le pondría un piso en La Castellana sólo a su hombro izquierdo, y el resto que viva fuera. No, porque es muy tedioso si, por ejemplo, uno quiere golpear al ente odiado, tener que andarse con remilgos de le pego aquí pero allí no. Y luego golpea uno el punto que ama, y acaba viéndose obligado a amar al ente odiado en su totalidad, cosa de lo más incómoda e inestable.

Segundo —en su acepción ordinal—: Golpear al ente odiado debe ser deseable y el fin principal de nuestro odio, porque si no, pues nos vamos todos de vinos y tan amigos y que invite el otro. Y no se puede hacer de cualquier manera: Hay que golpear al ente odiado utilizando una parte del mundo físico diferente al propio cuerpo, o nos podemos encontrar como esos principiantes que odian, pongamos, una pared en concreto, y la golpean con todo el furor que les sale (que es muy respetable) valiéndose de su propia cabeza (que es muy de loco imbécil y de odiador de tercera regional en horas bajas). ¿Qué es propio del odiador profesional? Pues golpear al ente odiado, por ejemplo, con un palo, con una señora mayor o con un par de lenguados frescos o podridos, dependiendo de la pescadería y del barrio. «¿Y con una catana o una pistola se puede?». Pues depende. A ver, si el ente es animal o persona, no debemos catanearlo porque puede morir, y odiar a un muerto no trae más que dificultades y frustraciones. Igual que gusta amar a un vivo y así recibir su cariño y demostrarle el propio, lo mismo ocurre con el odio. Que, además, después es bonito, porque tienes a tu odiado de toda la vida (yo tengo uno) y os convertís en enemigos, y se te muere el gato y sabes que ha sido él y sonríes cariodiósamente y piensas «¡qué bribón!; se va a enterar», y haces que se entere, y te imaginas la cara que pondrá cuando descubra que alguien ha estado paseándose con patines de navaja por su suelo de mármol, y su mesa, y su televisor de pantalla plana, e —increíblemente— también por su techo y por las baldas de la nevera y el congelador.

Y no hay más normas. Sólo eran dos.

Con un buen palo; ése es el resumen de todo lo dicho.

Felipe Santa-Cruz

Relato extraído del libro Rutinas

[1] A mí ya me habla casi todo, menos un amigo, que, dice, me ha retirado la palabra, y yo aún no sé exactamente cuál.

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2 comentarios en “Lecciones de odio profesional

  1. Sencillamente genial, Felipe. Y dime, ¿aún no has averiguado qué palabra exactamente te ha retirado tu amigo? Debe ser frustrante no saberlo, la verdad. Aunque, bien pensado, igual lo ha hecho a mala hostia, para que acabes volviéndote loco intentando averiguarlo y así consumar su venganza. Será cabrón tu amigo. 😛
    Un abrazo, Felipe. ; )

    • Muchas gracias, Pedro. Aún no lo he averiguado. Mi último movimiento ha sido remitir la averiguación a la NASA, y rezo cada día para que nunca den con la respuesta, por miedo a dejarles impagada la factura.
      ¡Un abrazo!

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