Demostración sutil de que no hay Mal que por Bien no venga

En una ocasión, un tipo bastante feo, bastante gordo, bastante estúpido y bastante todo menos bonito (todo ello, por cierto, bastante  irrelevante, pero dicen —digo— que criticar resulta de lo más saludable, y yo saludablo siempre que puedo), embarcó en un avión de recorrido circular y continuo, y estuvo varios días haciendo la ruta, a la par que dormía, comía y hacía sus necesidades dentro (en los alrededores nunca; siempre dentro… de la nave). Los propietarios de la aerolínea, dos hermanos con muy poca visión comercial, pero con la suficiente como para percatarse de que el susodicho les estaba haciendo perder dinero y clientes y otra vez dinero, fueron desesperando ante la imposibilidad de desalojar al individuo de su aeroplano. No emprendieron acciones ilegales, siempre temiendo sus consecuencias legales y de imagen. Sólo, de cuando en cuando, mandaban a alguna azafata a preguntarle si la siguiente era ya su parada, o si acaso la había olvidado, o si se había perdido y necesitaba que llamasen a su mamá. Él respondía que no a todo con un gesto semiseco y afrutado de cabeza.

El mundo (en general y mucha gente en particular) comenzó a criticar al individuo en cuestión (cuestión, ninguna), y salió en casi todos los tabloides y foros de moralidad cuestionable (que significa reflexiva, no necesariamente mala). Se creó un programa de televisión de forma espontánea (se creó él solito), en el que repasaban los momentos estrella del individuo y se debatía sobre aspectos de lo más trascendentes para la vida de las dos terceras partes de los ciudadanos del mundo (del nuestro; en otros mundos no sabemos, depende de la televisión por satélite y de si los extraterrestres creen o no en su propia existencia). En última instancia, se llegó incluso a preguntar acerca de la particular conducta de nuestro protagonista a un silencioso sabio chino de moda, que guardó un razonable silencio.

Una mañana, nuestro individuo se apeó de repente del avión en una de sus paradas, tomó un taxi, luego se bajó del mismo porque éste no cabía por la puerta rotatoria de la entrada del edificio al que se dirigía, y realizó con éxito la última prueba de selección para un puesto de técnico informático en una empresa normal y con ánimo de lucro y de pasarlo bien de nueve de la mañana a siete de la tarde de lunes a viernes (y sábados).

Poco después se supo que el individuo estaba en paro y que, con el poco dinero que le quedaba, le pareció más acertado comprar un billete de avión de recorrido circular y continuo, y vivir de sus frugales comodidades, antes que seguir pagando el alquiler de su piso y de su comida, hasta que al fin volviera a tener trabajo.

Los propietarios de la aerolínea se sintieron muy iracundos, primero, y muy tristes, después, al enterarse de que nuestro individuo sólo les había utilizado para hacer tiempo durante su paro circunstancial. Uno de ellos lloró; pero poco rato, porque enseguida lo atropelló un camión y se le quitó la pena de golpe.

Luego, al enterarse el otro hermano de la muerte de su hermano (redunde la redundancia), se apenó muchísimo, con el agravante de que se le dio la noticia estando él en la oficina, y allí no había camiones ni nada por el estilo que le liberasen de su pena, y ésta le duró mucho rato.

De este modo, hermano y hermano se convirtieron, respectiva y recíprocamente, en regla y excepción confirmatoria de la propuesta enunciada en el título de este relato. Y es que el Bien suele ir en pos del Mal, recorriendo, cobarde oportunista y sin iniciativa, las veredas abiertas por su antónimo (yo también quiero uno) para llevarse el mérito último y perdurable. Y en tanto la noche cae siguiendo al sol como cola de cometa y el Bien abraza y lisonjea a su restituida víctima, el pobre Mal se aleja y refunfuña, sus botas pateando las piedras del camino, la voz baja y hosca, los puños bien plantados en los remendados bolsillos del sufrido pantalón.

Felipe Santa-Cruz

Relato extraído del libro Rutinas

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