Historia de un mundo y de un sabio particular en particular. Recreación de la estupidez

Las más de las veces, cuando alguien alza la voz acaloradamente por la calle en tono de crítica, si uno presta atención, caerá en la cuenta de que los improperios no van dirigidos a la persona con la que habla; siempre a un tercero.

La gente tiene la costumbre de decir las verdades a la espalda y las mentiras de frente. Cuando le preguntaron a un sabio chino por la razón de este proceder, el sabio no contestó nada, porque le formularon la cuestión en español y no entendió ni jota. Sin embargo, a los periodistas y al cámara que allí estaban no les pareció tal cosa, sino que el propio silencio y las muecas de divertida incomprensión eran la respuesta que el sabio daba a la pregunta.

Pronto el vídeo del silencio del sabio chino estuvo en boca y en ojos de todos, y lo pasaron en los informativos, lo proyectaron en congresos, festivales y convenciones de convencionalistas; se organizaron foros internacionales para debatir los detalles más profundos e insondables del gran mensaje; se eligió un fotograma del vídeo en que la cara del sabio aparecía especialmente inspiradora y se estampó en camisetas, chapas, llaveros, paquetes de tabaco y cajas de cereales ricos en fibra y pobres en grasas saturadas y semisaturadas; se vendieron muñecos parlantes silenciosos que presentaban la figura del sabio, y un director de cine independiente filmó una película de ciento ochenta minutos de metraje ilustrando los tres minutos de duración del vídeo original. La cinta se estrelló en la taquilla, por eso encantó a la crítica, que le otorgó el premio a Mejor Película en varios certámenes europeos y el de Mejor Siesta de los Críticos Durante la Proyección.

Ya ha pasado mucho tiempo de aquello, y el mundo ha olvidado la pregunta de la que no surgió respuesta. Por eso seguimos diciendo las verdades a la espalda y las mentiras a la cara. Yo no, y usted tampoco. Pero los demás sí.

Felipe Santa-Cruz

Relato extraído del libro Rutinas

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