De tiendas, manual del novio acompañante

Una tienda, otra tienda y luego otra, y él simplemente ahí, esperando a su novia, la incansable, que ni le habla, sólo a veces le toma de la mano y lo acarrea hasta el probador para que le aguante las bolsas mientras ella se desnuda, se prueba, se mira al espejo, juzga y descarta o adquiere.

Al abismo del sopor, consciente de que su cerebro inactivo puede morir de un momento a otro de pura parálisis, «Tengo que entretenerme para sobrevivir», se dice y decide integrarse en la masa, sumarse a la vorágine consumidora.

Sale de la tienda y entra en otra menos colorida y ruidosa, en la que la dependienta, más ociosa que en las demás, se le acerca y le pregunta en qué le puedo ayudar, sonrisa, parpadeo, sonrisa. A lo que responde ¿tiene ropa interior? Y ella se ruboriza, parpadeo, parpadeo, parpadeo. Y él puntualiza me refiero a en la tienda, usted seguro que sí tiene, porque se le ven las tirantas por lo hombros y se le marcan la copas.

¡Seguridad!

Huida disimulada a la carrerita.

Otra tienda, escondite perfecto.

Zapatos, chanclas, esto no sé lo que es. De nuevo una dependienta ¿puedo ayudarle en algo? No, gracias, ya me ayuda él, dice señalando el vacío a su lado. Mejor evitar problemas.

La dependienta se aleja con temor y lo mira de reojo mientras él, por no decepcionarla, finge hablar con su ayudante imaginario, le enseña unas zapatillas y le pregunta ¿y éstas, te gustan? Pero al otro no le gusta nada de nada de lo que hay en la tienda. Pues nada, señorita, vamos a probar en otra parte porque nada le parece bien, sólo le gusta usted, pero usted no se vende, ¿verdad?

¡Seguridad!

Huida disimulada a la carrerita.

Otra tienda. Dependientes masculinos. Uno se le acerca. Decide adelantarse al peligro y pregunta primero: ¿Puedo ayudarle en algo? A lo que el dependiente no sabe qué responder y cortocircuita. Esto no lo enseñaban en el curso de ingreso. Bloqueo, sudores templados, temblor del tren inferior, alarma que se contagia de dependiente en dependiente hasta que todos en sinfonía gritan al unísono: ¡Seguridad!

Huida fallida. Dos hombres robustos lo atrapan, reprenden y devuelven a su novia, quien pide perdón y manda a su novio a esperarla en el coche, aparcado al sol, donde éste se cocina poquito a poco, tan rico, que cuando vuelve ella a buscarlo al final de la jornada encuentra fascinada que su amorcito le ha dejado preparado pollo asado aderezado con ropa de marca sobre lecho de poliuretano.

Felipe Santa-Cruz

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