La casa que me crió

Ilustración de Selu Sánchez

Ilustración de Selu Sánchez

Crecí solo. Mi padre no se suicidó. Siempre fue muy impaciente para bajar las escaleras y un día le dio por saltar por el balcón. Llegó bien rápido al suelo. Cuando aterrizó, mi madre ya estaba abajo esperándolo. Ella era muy perezosa. Nunca llegó a subir a la casa; vivía en el portal. La gente dice que mi padre le saltó encima queriendo, pero yo sé que no, porque nunca tuvo buena puntería. La cosa es que me quedé solo y era aún muy pequeño para llegar a la barandilla. A menudo rodaba escaleras abajo, pero sólo conseguí partirme un brazo… por tres partes… cuatro veces.

Aún así, mi infancia fue feliz. Vivía de la calderilla que encontraba entre los cojines del sofá, debajo de la cama y dentro de los botes de antidepresivos que mi padre me había legado. Trescientos sesenta y cinco días al año me sentía como el niño de Solo en casa, aunque yo tenía que interpretar todos los papeles a la vez, y se me daba fatal hacer de Joe Pesci. Una vez hasta conseguí tirarme encima un piano que no existía. No me dolió mucho, si bien me partí igualmente el mismo brazo… Esta vez por un solo sitio, pero el médico se puso nostálgico y me procuró dos amables fracturas adicionales.

La adolescencia no me resultó dura en absoluto. Me vi obligado a adolescerme voluntariamente para sentir que en realidad crecía.

Me gustaba mucho la chica de enfrente. Yo también le gustaba a ella. Nos comunicábamos a diario. Yo le enviaba notitas escritas en avioncitos de papel y ella me mandaba a sus padres o a la policía, según se acomodase a sus mensajes. Un día uno de sus policías mensajeros, el que ella enviaba más a menudo, sacó la porra y me abrió la cabeza. Me hizo mucha ilusión; interpreté que su mensaje quería decir: “Me vuelves loca” o “Estás ganando puntos”. El médico me curó la brecha y me partió las dos rodillas.

Una mañana, su familia hizo las maletas (esto es una mera suposición mía, porque yo no los vi haciéndolas) y se mudaron. Me obligué a mí mismo a enamorarme de una actriz de cine de los años cuarenta para mantener mi corazón ocupado de forma retrospectiva y así no sentir el vacío que mi vecina había dejado. Nos llevábamos bien, aunque siempre sospeché que estaba enamorada de Clark Gable y de Cary Grant y de muchos otros señores a los que besaba en cuanto yo apartaba la mirada del televisor o iba a la cocina a freírme un huevo o cualquier otra cosa que se dejara freír sin quejarse mucho.

Alcancé la mayoría de edad a la edad en que la alcanza la mayoría de las personas de mi país. Por aquellos entonces me veía obligado a vender algún que otro mueble y varias tazas de desayuno con ilustraciones de perros salchicha y gatos descalzos, de modo que comencé a buscar trabajo antes de tener que empeñar la esponja.

Como tenía talento para la interpretación y para recibir y procurarme golpes, me contrató un estudio de cine como doble de los dobles de los actores. De tal suerte que, si un barranco era demasiado elevado, si había que saltar por encima de unos pinchos especialmente puntiagudos o si necesitaban que la escena en que atropellan al protagonista fuese marcadamente realista, me avisaban a mí. Ustedes quizás me conozcan por mi último papel. El estudio se empeñó en que, en la última escena, el protagonista debía transmitir de forma veraz el dolor que se siente al perder una pierna, así que me llamaron a mí, que ya tenía teléfono, y no tuvieron que correr hasta mi casa ni gritar muy alto.

Después de aquello me retiré, y sigo viviendo en la maravillosa casa que me crió. Mi existencia es agradable. Y no puedo dejar de compadecerme de mis vecinos y de toda esa gente que lo pasa tan mal, cuando yo he vivido una vida apacible y sin dificultades… Y eso que nunca me casé.

Felipe Santa-Cruz

Relato sacado del libro Rutinas

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2 comentarios en “La casa que me crió

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